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QUINTO MODO DE ORAR
Algunas
veces el Padre Domingo, estando en el convento, permanecía
ante el altar; mantenía su cuerpo derecho, sin apoyarse
ni ayudarse de cosa alguna. A veces tenía las manos extendidas
ante el pecho, a modo de libro abierto; así se mantenía
con mucha reverencia y devoción, como si leyera ante el
Señor.
En la oración se le veía meditar la Palabra de Dios,
y cómo se la recitara dulcemente para sí mismo.
Le servía de ejemplo aquel gesto del Señor: "Que
entró Jesús según su costumbre en la sinagoga
y se levantó para hacer la lectura" (Lc 4, 16).
A veces juntaba las manos a la altura de los ojos, entrelazándolas
fuertemente y dando una con otra, como urgiéndose a sí
mismo. Elevaba también las manos hasta los hombros, tal
como hace el sacerdote cuando celebra la misa, como si quisiera
fijar el oído para percibir con más atención
algo que se diría desde el altar.
Domingo ora en actitud de ofrenda, ora por toda la creación,
ora con toda la naturaleza. Es el universo hecho oración
en la mente y corazón de Domingo.
Nosotros también oramos con nuestras manos y oramos por
los que se preocupan de la naturaleza, aunque con frecuencia no
lo damos importancia. Pedimos que Dios ponga en nuestro corazón
sentimientos llenos de esperanza para cuidar la creación,
pero sobre todo para cuidar a la humanidad y que la humanidad
no destruya la obra que Dios le entregó, recordando ese
Cántico del Profeta Daniel: "Criaturas todas del Señor,
bendecid al Señor... Hijos de los hombres, bendecid al
Señor...bendito el Señor en la bóveda del
cielo, alabado y glorioso y ensalzado por los siglos" (Dan
3, 57ss)
Guillermo
de Orvieto.
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