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¡Oh
amor casto y santo! ¡Oh dulce y suave afecto! ¡Oh
pura y limpia intención de la voluntad! Tanto más
limpia y pura cuanto menos mezclada está de lo suyo propio;
y tanto más suave y dulce cuanto más divino es lo
que se siente. Amar así es estar ya divinizado. Como la
gotita de agua caída en el vino pierde su naturaleza y
toma el color y el sabor del vino; como el hierro candente y al
rojo parece trocarse en fuego vivo olvidado de su propia naturaleza;
o como el aire, bañado en los rayos del sol, se transforma
en luz, y más que iluminado parece ser él mismo
luz. Así les sucede a los santos. Todos los afectos humanos
se funden de modo inefable, y se confunden con la voluntad de
Dios. ¿Sería Dios todo en todos si quedase todavía
algo del hombre en el hombre? Permanecerá, sin duda, la
sustancia; pero en otra forma, en otra gloria, en otro poder.
¿Cuándo será esto? ¿Quién lo
verá? ¿Quién lo poseerá? ¿Cuándo
vendré y veré el rostro de Dios? Señor, Dios
mío, mi corazón te dice: mi rostro te busca a ti.
Señor, busco tu rostro ¿Cuándo contemplaré
tu santuario?
San
Bernardo, De diligendo Deo.
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