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Hijas
mías, sabed que, cuando dejéis la oración
y la santa Misa por el servicio a los pobres, no perderéis
nada, ya que servir a los pobres es ir a Dios; y tenéis
que ver a Dios en sus personas. Tened, pues, mucho cuidado de
todo lo que necesitan y vigilad particularmente en ayudarles en
todo lo que podáis hacer por su salvación: que no
mueran sin los sacramentos. No estáis solamente para su
cuerpo, sino para ayudarles a salvarse. Sobre todo, exhortadles
a hacer confesión general y soportad sus malos humores,
animadles a sufrir por el amor de Dios, no os irritéis
jamás contra ellos y no les digáis palabras duras;
bastante tienen con sufrir su mal. Pensad que sois su ángel
de la guarda visible, su padre y su madre, y no les contradigáis
más que en lo que les es perjudicial, porque entonces sería
una crueldad concederles lo que piden. Llorad con ellos; Dios
os ha constituido para que seáis su consuelo.
Ved, hijas mías, la fidelidad que debéis a Dios.
El ejercicio de vuestra vocación pide el recuerdo frecuente
de la presencia de Dios; y para hacerlo más fácil,
utilizad las señales que os dé el sonido del reloj,
y haced entonces algún acto de adoración. Hacer
este acto es decir en vuestro corazón: «Dios mío,
yo te adoro», o bien: «Tú eres mi Dios»,
«Dios mío, yo te amo con todo mi corazón»,
«Me gustaría, Dios mío, que todo el mundo
te conociese y honrase para honrar los desprecios que sufristeis
en la tierra». Al comienzo de vuestros actos, podéis
cerrar los ojos para recogeros.
San
Vicente de Paul a la Compañía de las Hijas de la
Caridad.
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