¿Qué sería de nosotros, pobres caminantes por el ancho desierto de la vida, sí no fuera por este fruto, que restablece nuestras fuerzas y alegra nuestro corazón? Hoy, pues, saboreemos este fruto que nos viene por las manos bondadosas de la Inmaculada María, y pidámosle a ella las disposiciones necesarias para que nos sea provechoso; pidámosle que nos dé desapego de las cosas de la tierra, pureza, humildad, amor, gratitud; y al saborear este fruto, del Corazón de Jesús, pidámosle que, por las gracias de su Madre benditísima, nos conceda copiosas bendiciones y las extienda a la santa Iglesia y al Sumo Pontífice y a las criaturas todas; para que atraídas por los atractivos de este hermoso paraíso, puedan saborear el fruto de él.
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