¡Cuán
pocas veces hemos puesto nuestra palabra, nuestro talento, nuestra
influencia, nuestros intereses al servicio de la gloria de Dios
y para la salvación de las almas! ¡Cuán poco
hemos meditado que Dios nos quería para cooperadores suyos,
cada uno según sus facultades y su vocación! Sí,
todos debemos ser auxiliares de Dios; todos tenemos esta vocación.
No sabemos si estamos destinados a ser un río rápido
que haga florecer a sus orillas jardines amenos, o si hemos de
parecernos a la gota de rocío que envía Dios en
el desierto a la planta desconocida; pero, más brillante
o más humilde, nuestra vocación es cierta: no estamos
destinados a salvarnos solos.
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