Ser sacerdotes y santos en medio del mundo es un milagro, y ese milagro lo haremos, y este milagro no se hará sin combates, tentaciones, penas, contradicciones, desmayos, temores, escrúpulos.
Hubo momentos que estaba a punto de ser infiel a la gracia, queriéndome enfadar y vengarme, paralizando un poco el movimiento de la Obra en ésta ―abandonarla no, porque hace falta― pero al fin miré a Jesús y me avergoncé de mi falta de fe y de constancia.
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