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Es
oración de esperanza.
La comunidad cristiana confía
al Señor su deseo para que mueva el corazón de todos
los bautizados y encuentren el propio lugar, la propia felicidad,
que el Padre bueno ha previsto al servicio de la humanidad y de
su historia, desde la Iglesia, como laicos, religiosos y religiosas,
diáconos y sacerdotes.
La vocación de todos
es una Iglesia verdadera familia de hermanos y un mundo que camine
hacia la verdad, la paz, la justicia, la compasión, el
perdón, el amor: el REINO.
Creemos
en el derecho que todos los hombres y mujeres de nuestro mundo
tienen a ser felices, a encontrar sentido a sus vidas y a hacerlas
fecundas para el bien de todos.
Sabemos
que el Padre bueno nos llama por medio de Jesucristo a vivir plenamente
esta vida como promesa de la Vida que no se termina, a su lado,
en su Reino.
Sabemos
que muchas gentes, incluidos los bautizados, se sienten perdidos
y desorientados y guiados por motivos y estímulos que no
les llevan a la felicidad sino a la destrucción propia
y de quien está a su lado.
Por
eso, rezamos al Señor para que envíe obreros a la
mies y anuncien y llamen y ofrezcan un sentido de vida a las gentes
que andan extraviadas, perdidas, cansadas y fatigadas de no encontrar,
de no saber orientarse, de caer una y otra vez en el desánimo
y la frustración.
Es una
oración arriesgada, porque de pronto uno se da cuenta que
los otros le envían una llamada profunda, del Señor,
a entregarse, a darse,... y esa llamada conmueve y se hace fuerte
y empuja a los caminos del amor.
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