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Cara a cara te miro,
destino.
Ye te entiendo.
Ya no eres
tú, ya eres,
igual que
yo, yo mismo.
¡Qué
de años estuvimos
tú
por tu lado, yo
aparte, tan
perdidos!
Como el aire
y la lona
antes de
desposarse,
ajenos, parecíamos
dos quereres
distintos.
Pero en un
día azul,
cuando el
mar se alboroza
en delicias
innúmeras
de espumas
o de conchas
se comprende
por fin
que el viento
es el destino
único
de la vela,
que la vela
no tiene
otra suerte
que el viento.
Ya no habrá
tierras lejos:
las alcanzan
las quillas
por gracia
de las bodas
con que ahora
las coronan
las rachas
y la tela.
Vivir es
una larga
promesa de
promesas.
(...)
Pedro
Salinas 
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