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Iba yo pidiendo, de puerta en puerta,
por el camino
de la aldea,
cuando tu
carro de oro apareció a lo lejos,
como un sueño
magnífico.
Y yo me preguntaba,
maravillado,
quien sería
aquel Rey de reyes.
Mis
esperanzas volaron hasta el cielo,
y pensé
que mis días malos habían acabado.
y me quedé
aguardando limosnas espontáneas,
tesoros derramados
por el polvo.
La
carroza se paró a mi lado.
Me miraste
y bajaste sonriendo.
Sentí
que la felicidad de la vida
había
llegado al fin.
Y de pronto
tú me tendiste la diestra, diciéndome:
¿Puedes
darme alguna cosa?
¡Ah,
qué ocurrencia la de tu realeza!
¡Pedirle
a un mendigo!
Yo estaba
confuso y no sabía qué hacer.
Luego, despacio,
saqué de mi sacó
un granito
de trigo y te lo di.
Pero
qué sorpresa la mía cuando,
al vaciar
por la tarde mi saco en el suelo,
encontré
un granito de oro en la miseria del montón.
¡Qué
amargamente lloré
de no haber
tenido corazón para dárteme todo!
Tagore,
Ofrenda lírica
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