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Muchas veces, Señor, a la hora décima
-sobremesa
en sosiego-,
recuerdo
que a esa hora, a Juan y a Andrés
les saliste
al encuentro.
Ansiosos
caminaros tras de ti...
"Qué
buscáis...?" Les miraste. Hubo silencio.
El
cielo de las cuatro de la tarde
halló
en las aguas del Jordán su espejo,
y el río
se hizo más azul de pronto,
¡el
río se hizo cielo!
"Rabí
-hablaron los dos-, ¿en dónde moras?"
"Venid
y lo veréis". Fueron y vieron...
"Señor,
¿en dónde vives?"
"Ven
y verás". Y yo te sigo y siento
que estás...
¡en todas partes!,
¡y
que es tan fácil ser tu compañero...!
Al
sol de la hora décima, lo mismo
que a Juan
y a Andrés -es Juan quien da fe de ello-,
lo mismo,
cada vez que yo te busque,
Señor,
¡sal a mi encuentro!
Rafael
Duyos Giorgeta
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