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Otra vez -te conozco- me has llamado.
Y no es la
hora, no; pero me avisas.
De nuevo
traen tus celestiales brisas
claros mensajes
al acantilado
del
corazón, que, sordo a tu cuidado,
fortalezas
de tierra eleva, en prisas
de la sangre
se mueve, en indecisas
torres, arenas,
se recrea, alzado.
Y tú llamas y llamas, y me hieres,
y te pregunto
aún, Señor, qué quieres,
qué
alto vienes a dar a mi jornada.
Perdóname,
si no te tengo dentro,
si no sé
amar nuestro mortal encuentro,
si no estoy
preparado a tu llegada.
Himno.
Liturgia
de las horas 
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