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Este
año 2006, os invito a todos a que dediquemos nuestra oración vocacional
de cada día por las MONJAS Y FRAILES DE LA CALLE.
Les llamo así para distinguirles de las monjas y los monjes de
los monasterios. Y, porque, en verdad, los encontramos por las
calles de nuestro mundo. El metro y el autobús, el hospital, la
residencia de ancianos y el colegio, el supermercado y la panadería,
la universidad y las ONGs, los barrios y las iglesias, las fiestas
y los bancos… Allá donde habita el ser humano llega de una u otra
forma la monja o el fraile de la calle. Sobre todo, donde vive
el pobre, necesitado y marginado.
Siempre
ha habido y habrá críticas por su modo de actuar o de ser. Más
críticas por su antitestimonio. Como cualquier
cristiano ellas y ellos no son perfectos pero se esfuerzan como
nosotros por seguir fielmente a Jesús. Han cambiado mucho las
cosas después del Concilio para ellas y para ellos. En una sociedad
culturalmente religiosa eran fácilmente reconocibles. Ahora no.
Unos siguen vistiendo los hábitos, otros muchos los dejaron a
un lado. Muchas veces nos encontramos con ellos y no los reconocemos
porque no son amigos de privilegios...
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